Saludo para la Apertura del Año Jubilar

Actualidad del mensaje de María en las apariciones de Pontevedra


Una breve reflexión sobre el mensaje de la Virgen en las apariciones de Pontevedra (en el contexto global de las apariciones de Fátima) y su actualidad para la vida de la Iglesia y de la sociedad en este momento que nos toca vivir.

Mucho se ha escrito y dicho sobre el mensaje de Fátima. Para la mayoría de las personas, lo esencial del mensaje se resume en una llamada a la penitencia y a la oración.

El mensaje de Fátima puede articularse en tres ciclos:

A) El ciclo angelical (apariciones del ángel en 1916);

B) El ciclo mariano (apariciones del 13 de mayo al 13 de octubre de 1917);

C) El ciclo del Corazón de María (apariciones en Pontevedra 1925-1926 y en Tuy en 1929).

Según San Juan Pablo II: «El mensaje de Fátima, que María transmitió al mundo por medio de tres niños pobres, consiste en la invitación a la conversión, a la oración, especialmente a la del rosario, y a la reparación por los propios pecados y por los de todos los hombres. Ese mensaje brota del Evangelio, de las palabras que Cristo pronunció inmediatamente al inicio de su actividad pública: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). Se orienta a la transformación interior del hombre, a la derrota del pecado en él, a la consolidación del bien y a la consecución de la santidad. Este mensaje está destinado, de modo particular, a los hombres de nuestro siglo, marcado por las guerras, el odio, la violación de los derechos fundamentales del hombre, el enorme sufrimiento de hombres y naciones, y, por último, la lucha contra Dios, llevada incluso hasta la negación de su existencia. El mensaje de Fátima infunde el amor del Corazón de la Madre, que siempre está abierto al hijo, nunca lo pierde de vista, siempre piensa en él, incluso cuando el hijo se aleja del camino recto y se transforma en "hijo pródigo" (cf. Lc 15, 11-32)» (Homilía en la consagración de la Iglesia del Corazón Inmaculado de María en Zakopane, 7 de junio de 1997).

1. Contexto de la presencia de sor Lucía en Pontevedra

• El 17 de octubre de 1925, Lucía fue enviada al convento de las Doroteas de Pontevedra, en Galicia, para iniciar el postulantado.
• Tenía 18 años y vivía bajo el nombre religioso de sor María de los Dolores (antes de profesar los votos).
• Aparición de Pontevedra (10 de diciembre de 1925)

En Pontevedra, Lucía relató una aparición de la Virgen María junto con el Niño Jesús, en la que recibió la petición de la Devoción Reparadora de los Cinco Primeros Sábados. El contenido de la petición incluía: Confesión, Comunión reparadora, Rezo del rosario y Meditación de 15 minutos sobre los misterios. Todo ello durante los cinco primeros sábados consecutivos en reparación por las ofensas contra el Inmaculado Corazón de María.

Otros hechos relevantes en Pontevedra: el 15 de febrero de 1926, Lucía relató una nueva aparición del Niño Jesús reforzando la petición de la devoción reparadora. Vivió en el convento hasta 1926, cuando fue trasladada a Tuy, donde tendría la visión de la Santísima Trinidad en 1929.

Sobre el 10 de diciembre de 1925, la hermana Lucía escribió en su diario: «Era el 10 de diciembre de 1925. Estaba en mi habitación cuando, de repente, se iluminó. Era la luz de la querida Madre del Cielo que venía con el Niño Jesús en una nube luminosa. Nuestra Señora, como queriendo infundirme valor, me puso suavemente su mano maternal en el hombro derecho, mostrándome al mismo tiempo su Corazón Inmaculado, que llevaba en la otra mano, rodeado de espinas. El Niño Jesús dijo: «Ten piedad del corazón de tu Santísima Madre, que está cubierto de espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, sin que haya nadie que haga un acto de reparación para quitárselas». […] Después de esta gracia, ¿cómo podía sustraerme al más mínimo sacrificio que Dios quisiera pedirme? Para consolar el Corazón de mi querida Madre del Cielo, agotaría con alegría las gotas del cáliz más amargo. Informé de esta aparición al confesor y a la Madre Superiora. Esta me dijo que de buena gana haría lo que estuviera en su mano por Nuestra Señora, pero que poco o nada podía hacer por sí sola. Me dijo que lo mejor sería que escribiera a Mons. Pereira Lopes pidiendo consejo, lo que hice para obedecer, aunque hubiera preferido escribir al Sr. Obispo» (Mi Camino, I, pp. 50-51).

También en el libro «Um caminho sob o olhar de Maria» (Un camino bajo la mirada de María) se escribe: «Lucía fue a Pontevedra el 26 de octubre de 1925. No comprendió esta decisión, pero... ¿querría Nuestra Señora revelarse allí, o se reveló allí porque Lucía estaba allí? Quizás ambas cosas, porque Dios nos guía, pero también nos sigue y sabe transformar en gracia y bien todo lo que en nuestra vida pueda ser malo, pues Dios colabora en todo para el bien de aquellos que le aman (Rom 8, 28). Ella nos cuenta cómo fue su llegada a este nuevo destino: —Acompañada por la Madre Pino, que había venido a recogerme en tren, llegamos a Pontevedra cuando ya era de noche. La Reverenda Madre Superiora Magalhães, la misma que me había recibido en Vilar, me acogió con muestras de gran estima, entró conmigo en la capilla para rezar, entre otras cosas, el acto de consagración a Nuestra Señora (Oh, Señora mía), y luego me condujo al comedor, donde me sirvieron la cena, y después a la sala de recreo, donde la comunidad me dio la bienvenida con un abrazo. Me hizo sentarme junto a Su Reverencia para darle noticias de Vilar, Oporto, etc. Pasé la segunda noche en tierra extranjera, en esta casa donde solo me conocía la Madre Superiora. Para todas las demás, era una aspirante más a la vida religiosa en la Congregación de Santa Dorotea, fundada por Santa Paula Frassinetti».

2. Importancia teológica actual de las apariciones de Pontevedra

Las apariciones del 10 de diciembre de 1925 y del 15 de febrero de 1926, relatadas por la hermana Lucía, se entienden en la Iglesia como la continuación del mensaje de Fátima. Su relevancia teológica actual se centra en tres ejes: la reparación, la eclesiología mariana y la espiritualidad cristiana. En las fuentes de Fátima bebemos el Evangelio.

2.1. Reparación: una categoría teológica renovada

La petición de Pontevedra gira en torno a la reparación hecha al Inmaculado Corazón de María, no como una alternativa a la mediación de Cristo, sino como participación en su acto redentor.

La teología subyacente: el Corazón de María se considera perfectamente unido al Corazón de Cristo, de modo que repararlo significa participar de la compasión de Dios ante el mal.

La reparación no es «sustitución», sino comunión en el amor: une al creyente con el sacrificio de Cristo y el amor de María.

Reintroduce en el pensamiento cristiano contemporáneo la dimensión sacrificial-oblativa, en un contexto cultural a menudo alérgico al concepto de expiación.

En un mundo marcado por la indiferencia religiosa, la teología de la reparación de Pontevedra afirma que: el amor puede «corregir» la falta de amor, y cada persona puede participar activamente en el misterio de la salvación.

2.2. Mariología: el papel de María como educadora de la fe

La aparición de Pontevedra tiene un profundo valor mariológico porque presenta a María como Madre que sigue interviniendo en la historia, como modelo de contemplación y como icono de la Iglesia fiel.

La petición de los cinco primeros sábados muestra una pedagogía espiritual típicamente mariana: conducir a los fieles a la vida sacramental y a la contemplación de Cristo.

En tiempos de declive sacramental, María apunta hacia: el redescubrimiento de la confesión, la centralidad de la Eucaristía y la necesidad de meditar los misterios de Cristo.

2.3. Eclesiología: María como corazón sensible de la Iglesia

El mensaje de Pontevedra refuerza una visión de la Iglesia que no es solo institucional, sino afectiva y relacional: el Corazón de María simboliza el corazón de la Iglesia que sufre por las ofensas al Evangelio. Rezar y reparar equivale a asumir la responsabilidad de la santidad de la comunidad.

En un momento en que la Iglesia vive crisis de credibilidad, escándalos y divisiones, la propuesta espiritual de Pontevedra recuerda que: la santidad de la Iglesia se sustenta también en pequeños actos de amor, humildes y ocultos.

2.4. Dimensión profética: una invitación a la conversión global

Las apariciones de Pontevedra, como continuación de Fátima, apuntan a una teología de la historia en la que: el mal tiene consecuencias concretas, pero el amor y la oración de los pequeños pueden influir en el rumbo del mundo.

En tiempos de guerras, secularización radical y polarización, Pontevedra destaca la necesidad de la conversión moral y espiritual como respuesta a las crisis de la humanidad.

3. Fátima, hogar maternal de misericordia

El santuario de Fátima es el destino de muchos peregrinos que se sienten conmovidos en su corazón por la gracia y la misericordia de Dios. En esta casa de María, la Iglesia lleva a cabo una pastoral muy cuidada a través de la liturgia, principalmente la celebración de la Eucaristía y la penitencia, la predicación de la Palabra de Dios, la piedad popular, la peregrinación, la escucha y el testimonio de la caridad.

Es bueno recordar lo que dijo la Conferencia Episcopal Portuguesa: «El mensaje de Fátima inspira a la Iglesia a encontrar y profundizar los rasgos de su rostro mariano». De hecho: «siguiendo los pasos de la inmensa multitud de peregrinos que desean beber del Evangelio en las fuentes de Fátima y se confían al cuidado maternal de Nuestra Señora del Rosario, la Iglesia se regocija con el don del acontecimiento de Fátima en su centenario», como signo de esperanza para nuestro tiempo.

Aquí se nos invita, como a los pastorcitos, y en particular a San Francisco Marto, a dejarnos sorprender por Dios: «Me gustó mucho ver a Nuestro Señor. Pero me gustó más verlo en aquella luz donde también estábamos nosotros».

La piedad mariana en la Iglesia no es una antigüedad del pasado, ni algo sin actualidad en esta Iglesia del tercer milenio. Dios vino al mundo por María. La Iglesia ve en ella su modelo y prototipo. El santo Pueblo de Dios vuelve sus ojos hacia María, la Madre de la Misericordia, y canta, como Ella, con alegría y confianza: «Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen».

La verdadera y auténtica devoción mariana consiste en convertirnos en como María, alegre servidora del Evangelio en la vida cotidiana y en nuestra propia casa, donde Dios nos sorprende.

Entre todas las criaturas, María es la que mejor encarna el Evangelio de la misericordia y nos impulsa a una cultura de la misericordia.

A lo largo de la historia cristiana, muchas oraciones a María imprimen la dimensión de la misericordia: a) Salve Regina: «Salve, Reina, Madre de misericordia (...) Por tanto, abogada nuestra, vuestros ojos misericordiosos volvedlos hacia nosotros»; b) Alma redemptoris mater: «Oh María, siempre Virgen, ten misericordia de los pecadores».

4. Testigos de la gracia y la misericordia

En un mundo en el que «el milagro se ha secularizado, las obras de misericordia se han convertido en obras sociales» (J. A. Mourão), la Iglesia está llamada a ser cada vez más testigo de la misericordia y la ternura en el proceso sinodal en el que se encuentra.

En el cambio de época que vivimos, con todas las crisis económicas, políticas, sociales, ecológicas y eclesiales, nos hace bien peregrinar en busca de lo esencial de la vida.

La devoción al Inmaculado Corazón de María converge hacia el centro del misterio de la Redención, es decir, hacia el corazón del Redentor muerto en la Cruz y ahora resucitado entre nosotros. En este misterio de gracia y misericordia, la redención es mayor que el pecado del mundo, como se ha repetido en el mensaje de Fátima y ha rezado santa Jacinta Marto: «Si pudiera meter en el corazón de todas las personas el fuego que tengo aquí dentro en el pecho, que me quema y me hace amar tanto el Corazón de Jesús y el Corazón de María».

El corazón de María, Madre de la sinodalidad, es tan grande que le sale del pecho. Así es la iconografía del Inmaculado Corazón de María en Fátima. Nuestra Madre tiene entrañas de amor y ternura, que impulsa a sus hijos a ser como Ella: a escuchar al Espíritu Santo y a escucharnos unos a otros.

Hace unos meses, al final de una celebración eucarística que incluía también la bendición a las embarazadas, una joven que iba a ser madre por segunda vez me confió con esta hermosa expresión: «el corazón se me salió del pecho». Sí, dar testimonio del amor es amar con un corazón limpio, siempre ardiente e iluminador.

La misericordia implica obras. La fe nos pide que seamos capaces de pasar de las obras de misericordia a la misericordia de las obras. Así, estamos llamados a perdonar a quienes nos han ofendido y a alcanzar la paz en el corazón para ser felices. El peregrino es alguien que camina y espera el encuentro. A su vez, el encuentro es la esencia de la fe en el Amor a Cristo. Por eso, también los caminos de Fátima son solo una etapa en el camino de la vida en Cristo. 

+ José Manuel Garcia Cordeiro
Arzobispo de Braga

Saludo para la Apertura del Año Jubilar

Un saludo en nombre de la Conferencia Episcopal Española y de su Presidente, al Sr. Arzobispo de Santiago, al Sr. Arzobispo de Braga, al Sr. Obispo de Orense, al Sr. Alcalde de Pontevedra a las demás autoridades y a todos los presentes, de un modo singular, a los devotos de la Virgen de Fátima que nos acompañan.

El desarrollo de la reflexión mariológica y del culto a la Virgen en el devenir de los siglos ha contribuido a poner cada vez más de relieve la dimensión mariana de la Iglesia. Ciertamente, la Virgen santísima está totalmente referida a Cristo, fundamento de la fe y de la experiencia eclesial, y a Él conduce.

Por eso, obedeciendo a Jesús, que reservó a su Madre un papel completamente especial en la economía de la salvación, los cristianos han venerado, amado y orado a María de manera particularísima e intensa. Le han atribuido una posición de relieve en la fe y en la piedad, reconociéndola como camino privilegiado hacia Cristo, mediador supremo.

La dimensión mariana de la Iglesia constituye así un elemento innegable en la experiencia del pueblo cristiano. Esa dimensión se revela en numerosas manifestaciones de la vida de los creyentes, testimoniando el lugar que ha asumido María en su corazón. No se trata de un sentimiento superficial, sino de un vínculo afectivo profundo y consciente, arraigado en la fe, que impulsa a los cristianos de ayer y de hoy a recurrir habitualmente a María, para entrar en una comunión más íntima con Cristo.

Así pues, la Iglesia contempla a María. No sólo se fija en el don maravilloso de su plenitud de gracia, sino que también se esfuerza por imitar la perfección que en ella es fruto de la plena adhesión al mandato de Cristo: «Sed, pues, perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). María es la toda santa. Representa para la comunidad de los creyentes el modelo de la santidad auténtica, que se realiza en la unión con Cristo. La vida terrena de la Madre de Dios se caracteriza por una perfecta sintonía con la persona de su Hijo y por una entrega total a la obra redentora que él realizó.

La Iglesia, reflexionando en la intimidad materna que se estableció en el silencio de la vida de Nazaret y se perfeccionó en la hora del sacrificio, se esfuerza por imitarla en su camino diario. De este modo, se conforma cada vez más a su Esposo. Unida, como María, a la cruz del Redentor, la Iglesia, a través de las dificultades, las contradicciones y las persecuciones que renuevan en su vida el misterio de la pasión de su Señor, busca constantemente la plena configuración con él.

El Concilio Vaticano II subrayó expresamente el papel ejemplar que desempeña María con respecto a la Iglesia en su misión apostólica, con las siguientes palabras: “En su acción apostólica, la Iglesia con razón mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que por medio de la Iglesia nazca y crezca también en el corazón de los creyentes. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva” (Lumen gentium, 65). Después de cooperar en la obra de la salvación con su maternidad, con su asociación al sacrificio de Cristo y con su ayuda materna a la Iglesia que nacía, María sigue sosteniendo a la comunidad cristiana y a todos los creyentes en su generoso compromiso de anunciar el Evangelio.

En este contexto creo que es importante poner de relieve la inmensa riqueza espiritual que María comunica a la Iglesia con su ejemplo y su intercesión. Hay algunos aspectos significativos de la personalidad de María, que a cada uno de los fieles, nos brindan indicaciones valiosas para acoger y realizar plenamente nuestra propia vocación. Permítanme un decálogo de esta influencia mariana en nuestro camino:

1. María nos ha precedido en el camino de la fe: al creer en el mensaje del ángel, es la primera en acoger, y de modo perfecto, el misterio de la encarnación (cf. Redemptoris Mater, 13). Su itinerario de creyente empieza incluso antes del inicio de su maternidad divina, y se desarrolla y profundiza durante toda su experiencia terrenal.

Su fe es una fe audaz que, en la anunciación, cree lo humanamente imposible, y, en Caná impulsa a Jesús a realizar su primer milagro provocando la manifestación de sus poderes mesiánicos (cf. Jn. 2, 1-5). María educa a los cristianos para que vivan la fe como un camino que compromete e implica, y que en todas las edades y situaciones de la vida requiere audacia y perseverancia constante.

2. A la fe de María está unida su docilidad a la voluntad divina. Creyendo en la palabra de Dios, pudo acogerla plenamente en su existencia, y, mostrándose disponible al designio divino, aceptó todo lo que se le pedía de lo alto.

Así, la presencia de la Virgen en la Iglesia anima a los cristianos a ponerse cada día a la escucha de la palabra del Señor, para comprender su designio de amor en las diversas situaciones diarias, colaborando fielmente en su realización.

3. De este modo, María educa a la comunidad de los creyentes para que mire al futuro con pleno abandono en Dios. (ESPERANZA/JUBILEO). En la experiencia personal de la Virgen, la esperanza se enriquece con motivaciones siempre nuevas. Desde la Anunciación, María concentra las expectativas del antiguo Israel en el Hijo de Dios encarnado en su seno. Su esperanza se refuerza en las fases sucesivas de la vida oculta en Nazaret y del ministerio público de Jesús. Su gran fe en la palabra de Cristo que había anunciado su resurrección al tercer día, evitó que vacilara incluso frente al drama de la cruz: conservó su esperanza en el cumplimiento de la obra mesiánica, esperando la mañana de la resurrección, después de las tinieblas del viernes santo.

En su arduo camino a lo largo de la historia, entre el ya de la salvación recibida y el todavía no de su plena realización, la comunidad de los creyentes sabe que puede contar con la ayuda de la Madre de la esperanza, quien, habiendo experimentado la victoria de Cristo sobre el poder de la muerte, le comunica una capacidad siempre nueva de espera del futuro de Dios y de abandono en las promesas del Señor.

4. El ejemplo de María permite que la Iglesia aprecie mejor el valor del silencio. El silencio de María no es sólo sobriedad al hablar, sino sobre todo capacidad sapiencial de recordar y abarcar con una mirada de fe el misterio del Verbo hecho hombre y los acontecimientos de su existencia terrenal.

María transmite al pueblo creyente este silencio-acogida de la palabra, esta capacidad de meditar en el misterio de Cristo. En un mundo lleno de ruidos y de mensajes de todo tipo, su testimonio permite apreciar un silencio espiritualmente rico y promueve el espíritu contemplativo.

María testimonia así el valor de una existencia humilde y escondida. María no deseó nunca los honores ni las ventajas de una posición privilegiada, sino que trató siempre de cumplir la voluntad divina llevando una vida según el plan salvífico del Padre. A cuantos sienten con frecuencia el peso de una existencia aparentemente insignificante, María les muestra cuán valiosa es la vida, si se la vive por amor a Cristo y a los hermanos.

5. María testimonia el valor de una vida pura y llena de ternura hacia todos los hombres. La belleza de su alma, entregada totalmente al Señor, es objeto de admiración para el pueblo cristiano. En María la comunidad cristiana ha visto siempre un ideal de mujer, llena de amor y de ternura, porque vivió la pureza del corazón y de la carne. La Virgen María propone el testimonio de una pureza que ilumina la conciencia y lleva hacia un amor más grande a las criaturas y al Señor.

6. María se presenta a los cristianos de todos los tiempos, como aquella que experimenta una viva compasión por los sufrimientos de la humanidad. Esta compasión no consiste sólo en una participación afectiva, sino que se traduce en una ayuda eficaz y concreta ante las miserias materiales y morales de la humanidad.

La Iglesia, siguiendo a María, está llamada a tener su misma actitud con los pobres y con todos los que sufren en esta tierra. La atención materna de la madre del Señor a las lágrimas, a los dolores y a las dificultades de los hombres y mujeres de todos los tiempos debe estimular a los cristianos, a multiplicar los signos concretos y visibles de un amor que haga participar a los humildes y a los que sufren hoy en las promesas y las esperanzas del mundo nuevo que nace de la Pascua.

7. El afecto y la devoción de los hombres a la Madre de Jesús supera los confines visibles de la Iglesia y mueve a los corazones a tener sentimientos de reconciliación. Como una madre, María quiere la unión de todos sus hijos. Su presencia en la Iglesia constituye una invitación a conservar la unidad de corazón que reinaba en la primera comunidad (cf. Hch 1, 14), y, en consecuencia, a buscar también los caminos de la unidad y de la paz entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad; a construir la civilización del amor, superando las tendencias a las divisiones y las tentaciones de venganza y odio, y la fascinación perversa de la violencia.

8. María es la Reina de la familia y acompaña a las Iglesias domésticas en su pertenencia a la Iglesia. Tanto en Belén como en Nazaret, María fue pre-viviendo lo que es una iglesia doméstica. Nos muestra que la labor educadora y evangelizadora de los padres cristianos, prolonga el misterio de Belén: es como un «parto que siempre se reitera» (Puebla 288), un esfuerzo para que Cristo nazca en el corazón de los hijos, en el cual María siempre estará dispuesta a ayudar. Por otro lado, en su hogar de Nazaret, ella y José iniciaron, junto a Jesús, ese «convivir en familia con Dios» que constituye la grandeza de la «Iglesia doméstica». Desde el hogar de María, como primera comunidad eclesial, crecería la Iglesia entera.

En el seno de la familia cristiana tiene singular importancia la oración: familia que reza unida permanece unida. Hoy la plegaria más común junto al Padre Nuestro que nos enseñó el propio Jesús, es el Ave María. Los cristianos aprenden a rezarla en el hogar, ya desde su infancia, recibiéndola como un don precioso que es preciso conservar durante toda la vida. Esta misma plegaria, repetida decenas de veces en el rosario, ayuda a muchos fieles y familias cristianas a entrar en la contemplación orante de los misterios evangélicos y a permanecer en contacto íntimo con la Madre de Jesús. Ya desde la Edad Media, el Ave María es la oración más común de todos los creyentes, que piden a la santa Madre del Señor que los acompañe y los proteja en el camino de su existencia diaria (cf. Marialis cultus, 42-55).

9. El pueblo cristiano, además, ha manifestado su amor a María multiplicando las expresiones de su devoción popular: himnos, plegarias y composiciones poéticas sencillas, o a veces de gran valor, impregnadas del mismo amor a Aquella que el Crucificado entregó a los hombres como Madre. Entre éstas, algunas, como la Salve Regina, han marcado profundamente la vida de fe del pueblo creyente.

La religiosidad popular referida a María aúna a todos los cristianos, también a los creyentes de fe sencilla, e incluso a los alejados, para los cuales, a menudo, constituye tal vez el único vínculo con la vida eclesial. Signo de este sentimiento común del pueblo cristiano hacia la Madre del Señor son las peregrinaciones a los santuarios marianos, que atraen, durante todo el año, a numerosas multitudes de fieles. Algunos de estos baluartes de la piedad mariana son muy conocidos, como Fátima, Lourdes o el Pilar. En todos, el recuerdo de acontecimientos vinculados al recurso a María transmite el mensaje de su ternura materna, abriendo el corazón a la gracia divina.

Esos lugares de oración mariana son testimonio magnífico de la misericordia de Dios, que llega al hombre por intercesión de María. Milagros de curación corporal, de rescate espiritual y de conversión, son el signo evidente de que María continúa, con Cristo y en el Espíritu, su obra de auxiliadora y de Madre.

A menudo los santuarios marianos se transforman en centros de evangelización. En efecto, también en la Iglesia de hoy, como en la comunidad que esperaba Pentecostés, la oración en compañía de María impulsa a muchos cristianos al apostolado y al servicio a los hermanos. Deseo recordar aquí, de modo especial, el gran influjo de la piedad mariana sobre el ejercicio de la caridad y de las obras de misericordia. Estimulados por la presencia de María, los creyentes con frecuencia han sentido la necesidad de dedicarse a los pobres, a los desheredados y a los enfermos, a fin de ser para los últimos de la tierra el signo de la protección materna de la Virgen, icono vivo de la misericordia del Padre.

La piedad popular mariana ha dado origen, también, a una riquísima producción artística, tanto en Oriente como en Occidente, que ha hecho apreciar a enteras generaciones la belleza espiritual de María. Pintores, escultores, músicos y poetas han dejado obras maestras que, poniendo de relieve los diversos aspectos de la grandeza de la Virgen, ayudan a comprender mejor el sentido y el valor de su elevada contribución a la obra de la redención.

10. Por eso quiero que mi última referencia sea para la sonrisa materna de la Virgen reproducida en tantas imágenes de la iconografía mariana y que manifiesta una plenitud de gracia y paz que quiere comunicarse. Esta manifestación de serenidad del espíritu contribuye eficazmente a conferir un rostro alegre a la Iglesia. María, acogiendo en la anunciación la invitación del ángel a alegrarse (Lc 1, 28), es la primera en participar en la alegría mesiánica, ya anunciada por los profetas para la "hija de Sión" (cf. Is 12, 6; So 3, 14-15; Za 9, 8), y la transmite a la humanidad de todos los tiempos.

El pueblo cristiano, que la invoca como causa nostrae laetitiae, descubre en ella la capacidad de comunicar la alegría, incluso en medio de las pruebas de la vida y de guiar a quien se encomiendo a ella hacia la alegría que no tendrá fin.

Todo ello pone claramente de manifiesto que la dimensión mariana penetra toda la vida de la Iglesia. El anuncio de la Palabra, la liturgia, las diversas expresiones caritativas y cultuales encuentran en la referencia a María una ocasión de enriquecimiento y renovación. 

+ Carlos Manuel Escribano Subías
Arzobispo de Zaragoza

Saludo para la Apertura del Año Jubilar

"Entrar na casa da Nai"

Con sincera alegría douvos a benvida ao comezo deste Ano Xubilar. Hoxe abrimos unha porta que non é só simbólica: é a porta do corazón Inmaculado de María, a porta dunha casa. Damos grazas a Deus porque nos concede este tempo de graza para redescubrir o que significa ter un fogar espiritual, un lugar que acolle, reconcilia e renova.

1. Pontevedra: un hogar visitado por la Madre

Al recordar las apariciones de la Virgen y el Niño Jesús a Sor Lucía en 1925 y 1926, lo primero que nos sorprende es su carácter profundamente doméstico. No hubo multitud, ni un santuario solemne, ni signos espectaculares. María eligió una casa. Allí entró con la naturalidad de quien vuelve al hogar de un hijo (en este caso de una hija). Allí habló, consoló, pidió reparación y ofreció su amor más íntimo: el de su Inmaculado Corazón.

Como en el libro del Éxodo, donde Dios dice a su pueblo: “Harán una morada para mí y habitaré en medio de ellos” (Ex 25,8), también aquí María se hace presente como quien viene a vivir con nosotros, en un hogar, recordándonos que la fe se vive primero en el ámbito familiar, donde se aprende el respeto, la ternura y la responsabilidad compartida.
Pontevedra es una casa habitada. Y hoy, al comenzar este Jubileo, escuchamos de nuevo esa invitación a cruzar el umbral: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28).

2. La casa: espacio humano, social y espiritual

Vivimos en un tiempo donde la casa tiene un valor especialmente frágil y, a la vez, urgente. Muchas familias experimentan tensiones, distancias, heridas que tardan en cicatrizar. Nuestra sociedad, marcada por la movilidad constante, la presión laboral, la incertidumbre económica y la soledad creciente, a veces parece olvidar que el primer tejido social se aprende en casa: donde nos sentimos seguros, donde recibimos un nombre, donde descubrimos que somos amados sin condiciones.

La Escritura presenta la casa como lugar sagrado. El salmo dice: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 127,1). Es una advertencia, pero también una promesa: Dios quiere construir con nosotros, sostenernos por dentro, dar firmeza a lo frágil. Y ese es el sentido profundo de este Jubileo: dejar que el Señor y su Madre vuelvan a poner cimientos nuevos en nuestra vida personal, familiar y comunitaria.

Cuando la Virgen se aparece en una casa, nos está diciendo: “La fe tiene un espacio fundante y fundamental en el hogar. La caridad se aprende primero en la mesa familiar. La paz del mundo se gesta en la paz doméstica.”

En un tiempo donde tantas personas carecen de vivienda digna, o de vínculos estables, o de un entorno de cuidado, este mensaje tiene también una dimensión social. Recuperar la casa significa recuperar la convivencia, la solidaridad cotidiana, la responsabilidad mutua. Este Año Jubilar de la Casa de la Virgen nos invita a reconstruir la sociedad empezando por el corazón, pero sin quedarnos sólo en lo espiritual: dejando que la fe inspire también la manera de vivir, trabajar, relacionarnos y cuidar.

3. Nazaret: la raíz de todo hogar cristiano

Para comprender las apariciones en la casa de Pontevedra, debemos mirar a Nazaret. Allí Jesús vivió la mayor parte de su vida. Treinta años de silencio, de trabajo, de relaciones familiares. Treinta años en los que Dios Hijo aprendió a vivir como nosotros.

Nazaret fue escuela de humanidad para el Hijo de Dios, y también lo es para nosotros. Allí María escuchaba la Palabra y la guardaba en su corazón (cf. Lc 2,19). Allí José educaba a Jesús en el trabajo y la responsabilidad. Allí el hogar era lugar de ternura, de oración, de diálogo, de crecimiento.

San Juan resume ese misterio con una frase que ilumina también este Año Jubilar: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). La palabra “habitar” remite precisamente a la casa: Dios ha querido vivir en una familia humana, con sus ritmos, tareas y afectos.

La Casas de la Virgen en Pontevedra vuelve a ofrecernos ese “estilo de Nazaret”: fe encarnada en lo cotidiano, oración sencilla, amor que repara desde dentro. Las palabras de María a Sor Lucía no son un mensaje abstracto: son palabras de Madre en la intimidad del hogar. También el gesto del Niño Jesús, señalando las ofensas al Corazón de su Madre, tiene un profundo sabor doméstico: es el gesto de un hijo que cuida del corazón de su madre.

4. El hogar de la Madre: acoger, consolar y enviar

Este Año Jubilar nos invita a entrar en la casa de la Madre, en la casa del Corazón Inmaculado de María con tres actitudes:

a) Acoger

María nos dice como en Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). En su casa aprendemos a escuchar la Palabra, a dejar que el Evangelio inspire nuestras decisiones, a mirar la realidad con ojos de fe. La acogida que ella ofrece es también una llamada a acoger a los demás: a los que viven bajo el mismo techo, a los que llegan con sus cansancios, a los que buscan un lugar en nuestras comunidades parroquiales, en nuestros grupos y cofradías, a cualquiera que llame a la puerta de nuestras Iglesias.

b) Consolar

El mensaje de los Primeros Sábados no nace del miedo ni de amenazas, sino del amor herido que pide ser amado. Es la misma lógica del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37): ver el dolor, detenerse, vendar, acompañar. Reparar el Corazón de María es aprender a reparar también el tejido roto de la sociedad: cuidar las relaciones, sanar conflictos, promover la justicia, proteger a los más vulnerables.

c) Enviar

Cada casa es, a la vez, refugio y punto de partida. Como en Nazaret, donde Jesús fue preparado para su misión, también en Pontevedra María nos envía a ser testigos de paz, artesanos de reconciliación, servidores de los demás. El Jubileo no sólo nos recoge; nos forma y nos lanza.

El profeta Isaías lo expresa con fuerza: “Ensanchad el espacio de vuestra tienda… porque os extenderéis a derecha e izquierda” (Is 54,2-3). Quien se siente amado en casa, puede salir al mundo sin miedo, con esperanza y con capacidad de transformar.

5. El Jubileo: volver a casa

Este Año Jubilar es ocasión para:
Reconstruir nuestra casa interior, dejando que Dios limpie, sane y fortalezca.
Cuidar la casa familiar, reavivando la comunicación, la paciencia, el perdón, la alegría.
Cuidar la casa común: promover relaciones justas, construir comunidad, escuchar a quien está solo, trabajar por la dignidad de todos.
Renovar la casa de la Iglesia, para que sea verdaderamente hogar de misericordia, de acogida y de misión, casa donde se aprende a vivir en “sinodalidad”.

En un mundo que a menudo vive de prisa, necesitamos recuperar el arte de habitar: habitar nuestro corazón, habitar la familia, habitar la comunidad, habitar la creación. Este Jubileo es una llamada a reaprender esa sabiduría.

Como dice el salmo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 34,9). La experiencia de la casa es precisamente esa: encontrarse con la bondad de Dios en lo concreto, en lo cotidiano, en lo pequeño. Que este Jubileo sea un tiempo de renovación, de reconciliación y de esperanza para cuantos se acerquen a la casa de la Madre.

Conclusión: que esta casa sexa a nosa casa

Hoxe María ábrenos a porta. Acóllenos na súa casa de Pontevedra como acolleu a Xesús en Nazaret. E dinos, coa suavidade de nai que coñece as nosas loitas: “Fillo, filla, aquí tes a túa casa.”

Entremos con confianza. Deixemos que o seu Corazón edúquenos. Aprendamos dela a amar, a reparar, a servir. Que este Xubileu sexa para todos unha oportunidade de volver ao esencial, de reconstruír vínculos, de recuperar a paz familiar, de comprometernos cunha sociedade máis fraterna e humana.

Que a Virxe Nai introdúzanos na calor e a espiritualidade do fogar de Nazaret e faga deste Ano Xubilar un tempo de graza, de renovación e de esperanza para toda a Igrexa, para esta Igrexa diocesana de Santiago e para esta cidade de Pontevedra, para os nosos pobos e xentes. 

+ Francisco José Prieto Fernández
Arzobispo de Santiago de Compostela

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